Google, política, misticismo y familia

25/09/15 > 13/11/15 – Galería T20 Murcia

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09/25/15 > 11/13/15 – T20 Gallery Murcia

 

Catálogo de la exposición PDF | Exhibition catalogue PDF

 

 

Textos de la exposición | Exhibition texts

ENTRE LOS OMÓPLATOS – Nacho Ruiz

Casi nunca me gustan las críticas de arte. La mayoría son una descripción de algo que apenas es descriptible, no son críticas. De hecho tampoco sé que es el arte.

El arte no se produce todo el tiempo. Las críticas han corrompido en cierta forma el sentido de una palabra que no tiene y los historiadores del arte hemos construido una arquitectura de lo imposible sobre una base que solo sirve para ser clasificada, para ser descrita. El formalismo es un notario dando fe de que lo que ve existe, sin saber qué es lo que ve. Es un notario creativo que escribe con una rúbrica barroca y que cuando firma sentencia.

Últimamente todo me lleva a Isidoro Valcárcel Medina y en estas líneas es especialmente apropiado. Isidoro escribió una “ley del arte” que muchos lectores pueden tomar en serio cuando, en realidad, no es más que la demostración de que no se puede legislar sobre lo que ni siquiera se puede definir.

Pero creemos saberlo. A todos nos parece saber qué es el arte. Son los nuestros complejos románticos herederos de una concepción en la que las emociones de Hugo Von Hofmannsthal funcionan como esa hipoteca que nos acompaña mientras estamos vivos y que, si nos descuidamos, dejaremos en herencia a nuestros hijos.

Quizá no sepamos qué es el arte pero Víctor me ha enseñado algo: sí sabemos cuándo pasa. Se puede entender como una nueva herencia romántica, como una sucesión de males de Stendhal de baja intensidad frecuentemente pero que a veces nos tumban físicamente. El arte sucede. Pero no sucede siempre. Lo que sí sucede siempre es el artificio. La corrección formal genera cosas que merecen siempre nuestra aprobación. El arte ahora no es sancionado por un notario: el arte es el notario. Da fe de la corrección, se pliega a las convenciones estéticas, a la legibilidad, al rigor del pensamiento en definitiva. La obra de Víctor huye de eso porque si no lo hiciese ya no sería su obra; sería la obra dictada por los tiempos en curso, un arte vestido de notario considerado como tal por otro notario, que es la crítica.

Me gusta el escepticismo, me gusta que se cuestionen las cosas sin un guión ajeno, me gusta que el arte no suceda siempre en el territorio en que debería suceder, y por eso me gusta Víctor. Seguramente porque tiene la mirada de un asesino a sueldo y actúa así con su trabajo, hable de amor o de política todo es llevado al extremo. Un asesino a sueldo no es un cirujano, no corta metódicamente: clava un cuchillo en el punto débil de su víctima, encuentra el hueco entre los omóplatos para que el golpe sea mortal. La profesionalidad (concepto positivo) de un asesino (concepto negativo) a sueldo es una paradoja y él trabaja sobre paradojas. Busca esos huecos en la realidad y los perfora para asestarle un golpe brutal construido a base de paradojas. La realidad le ofrece todo un campo infinito de trabajo gracias a la inconsistencia de los convencionalismos que la construyen, y él hunde su cuchillo sin piedad. Pero no lo hace impulsado por un sentimiento criminal, ni negativo: la realidad se lo ha buscado por absurda. La destroza con cariño.

Hay una expresión muy suya que es “hacer el arte”. Lo define perfectamente. Para entender esto hay que haberse desprendido de muchas cosas y haber sacrificado parte de lo aprendido sin olvidarlo. Es necesaria la conciencia de que se está trabajando por algo y contra algo. Eliminar los filtros que condicionan la percepción y la actitud. Entre “hacer el arte” y “hacer arte” hay un universo semántico que no se queda en la forma, de hecho asimila el arte y la vida de una forma natural. Ahora la crítica entraría con Beuys y sus muchos herederos pero él no necesita citar a nadie para construir su trabajo porque se basa en esa lógica extrema del asesino a sueldo: si lo que quiero hacer está mediatizado por la convención estética no será mi trabajo, será el de otro hecho por mí. La convención estética es el enemigo de la máxima “arte=vida” pero se nos olvida a todos con mucha frecuencia, y si no se nos olvida el mercado nos urge a olvidarla. La convención estética acaba con la posibilidad del arte inesperado, pero si el arte ocurre, no todo puede ser predeterminado. De hecho nada debe serlo.

Llegados a este punto podemos pensar en Goya pintando en la Quinta del Sordo un mundo negro como reacción a un mundo falsamente colorido, pero no es así. La ironía es la forma de disfrutar de la paradoja, de no ser víctimas de ella y el trabajo de Víctor es limpio y claro, porque su ironía no tiene las connotaciones oscuras del rencor ni la venganza, es sana, lúdica, luminosa como luminosa es la franqueza. Ese humor le permite asestar otra puñalada a la solemnidad del arte y divertirse haciéndolo mientras la solemnidad sangra hasta morir.

No la echaré de menos ni iré a su funeral.


BETWEEN THE SHOULDER BLADES –  Nacho Ruiz

I almost never like critiques of art. Most are a description of something which is barely describable, not criticism. In fact, I don’t even know what art is.

Art is not produced all the time. Art criticism has somehow corrupted the meaning of a word, a meaning which might not have existed in the first place, and as art historians we have erected an architecture of the impossible upon a foundation whose only use is as a system of classification and description. Formalism is a notary attesting to the fact that what it sees exists, without understanding what it is it sees. It’s a creative notary who writes in baroque rubric and and whose very signature is a verdict.

Lately, everything has been leading me to Isidoro Valcárcel Medina, who is especially relevant along these lines. Isidoro wrote a “law of art” which although many readers might take seriously, is really no more than a demonstration of something that cannot be legislated, nor defined even.

But we think we know what art is. At least it seems that way to all of us. The romantic complexes we have inherited from a concept in which Hugo Von Hofmannsthal’s emotions act as a mortgage that accompanies us for as long as we live and as a legacy which we will pass on to our children if we are not careful.

We might not know what art is, but Victor has taught me something: we do know when it happens. It can be conceived of as a new Romantic legacy, as the succession of bouts of Stendhal Syndrome which may be of low intensity but can sometimes knock us out. Art happens. But it doesn’t always happen. What does always happen is artifice. Formal conventions generate things that always deserve our approval. Art is no longer sanctioned by a notary: it is the notary. It vouches for its own correctness, it bends itself to aesthetic conventions, to legibility, to the strictures of definitive thought. Victor’s work escapes this, if it didn’t it wouldn’t be his, it would be art dictated by the times, art dressed up as a notary and labeled as such by another notary: that is criticism.

I like skepticism. I like when things are questioned without the benefit of someone else’s prewritten script, I like when art happens outside the territory it’s supposed to. And for this reason, I like Victor. That’s probably because he has the gaze of a contract killer and acts accordingly in his work, whether speaking of love or politics, everything is taken to the extreme. A contract killer is not a surgeon. He doesn’t make methodical incisions, he sticks a knife into his victim’s weak spot, he finds the gap between the shoulder blades so that the blow is fatal. The professionalism (a positive concept) of a contract killer (a negative concept) is a paradox, and he deals in paradoxes. He looks for these holes in reality and drills into them to deliver a brutal blow based on paradoxes. Reality offers him an infinite field of work thanks to the inconsistencies and conventionalisms of those who construct it and he sinks his knife into it without pity. But he doesn’t do it motivated by a criminal nor negative sentiment: reality was asking for it because it´s absurd. He destroys it with tenderness.

The expression“doart” is a favorite of his. It defines him perfectly. In order to understand it, one must first have let go of many things and have sacrificed part of what one has learned without forgetting it. It’s necessary to be aware that one is working both for and against something. To eliminate the filters which condition perception and attitude. Between “doing art” and “making art” there is a whole semantic universe which is not just about form, in fact, it incorporates art into life in a natural way. Contemporary critics might lump him in with Beuys and his many heirs, but he doesn’t need to quote from anybody to build up his work because it’s based on this extreme logic of a contract killer: if what I want to do is meditated through aesthetic convention then it won’t be my art, it would someone else’s. Aesthetic convention is the greatest enemy of “art=life”, but we so often forget this fact and if we manage to remember it the art market urges us to forget once again. Aesthetic convention puts an end to the possibility of unexpected art happening, but if it does happen, not everything can be predetermined. In fact, nothing should be.

Having arrived at this point, we might think of Goya in the Quinta del Sordo painting a black world in reaction to a falsely colourful one, but we would be wrong. Irony is the way of enjoying the paradox, of not falling victim to it, Victor’s work is clean and clear, because his irony doesn’t have the dark connotations of resentment nor revenge; it’s healthy, playful, luminous since frankness is illuminating. Irony lets him deliver another blow to the solemnity of art and have fun doing it while solemnity bleeds to death.

I won’t miss it and I won’t mourn it.

 

Imágenes de la exposición | Exhibition images

 

Detalles de la exposición | Exhibition details

 

Video de la exposición | Exhibition video

 

Prensa | Press